Caridad

A Caridad, la niña de ojos negros y sonrisa amable

Regresé a la ciudad de mis sueños después de cinco años, cinco largos años sin oler el mar ni besar a mi madre. Los sobrinos fueron los primeros en abrazarme. Corrían a mi alrededor alegres, todos menos uno, Ana. Me detuve ante ella porque sentía verdadera curiosidad. Anita apenas tiene seis años. La última vez que nos vimos, cinco años atrás, le regalé un sonajero y una sonrisa.

La niña me observaba curiosa desde sus seis años de estatura. Quise abrazarla y empezó a llorar. Mi hermana la consoló de inmediato.

—No te conoce, necesita tiempo. —Dijo mientras la cargaba en brazos. El camino de regreso fue como de costumbre, besos, abrazos y un sinfín de palabras tiernas y dulces mientras avanzaba la noche. El calor, ¡ay qué calor! —pensé una vez más. La primera vez fue en la pista de aterrizaje. Ana seguía en sus trece, mi madre estaba contenta.

Las semanas pasaron volando y un día, sin esperarlo, me encontré de repente con un amigo de la infancia, una de esas personas simpáticas y agradables que iluminan la vida de los otros. Nos abrazamos con efusión. Fue en ese momento que empecé a sentir un poquito de tristeza. La verdad es que no fue mucha, solo un poquito.

La tristeza se esconde en los lugares más insólitos de nuestra alma. Uno nunca debe buscarla porque tiene el mismo sabor amargo de los grandes amores cuando se acaban y es igual de insistente. Pero en ese momento no fui consciente de su mordida porque estaba contento. Uno se alegra cuando abraza a un amigo de infancia y eso fue lo que hice, abrazar a mi amigo y decir ¡carajo! porque en Cuba se dice carajo cuando se abrazan los amigos del alma.

El negro se reía como si no lo creyera. La verdad es que yo tampoco lo creía.

—¿Cuándo llegaste? —Me soltó con esa voz grave bajo el sol del mediodía.

—Llevo unas semanas. —De nuevo sonreí—. Venga, te invito a una cerveza.

Así empezó todo. Con una invitación a cerveza. Luego vino otra y después otra más. Las palabras y las risas derretían el calor de la tarde y por primera vez en mucho tiempo sentí una felicidad auténtica, difícil de describir.

A veces uno anda por la vida centrado en las cosas que son importantes. Trabajar duro, conseguir objetivos, pero en realidad todo eso se trata de una única cosa, hacer dinero. Entonces pensé que hacer dinero no era importante, pero cuando pedimos más cerveza tuve dudas así que preferí olvidarme de ese asunto y seguir recordando las travesuras de infancia con mi amigo el negro y entre trago y trago me acordé de mi primera novia. No me atreví a preguntar. No sé la razón.

Caridad fue la primera en todo o en casi todo. Era una negra hermosa y muy simpática. Me lo pasaba genial con ella. Todo eso pensaba mientras el negro hablaba de fulanito y de menganito. Yo asentía con entusiasmo, pero en realidad estaba perdido con Caridad, recordando las fiestas de la adolescencia, los besos en la playa y los arrumacos por los parques. Hasta que finalmente le pregunté. El negro hizo silencio por primera vez cosa que me extrañó. Luego se dio un trago y miró hacia la calle.

—¿En serio quieres ver a Caridad? —No lo pensé dos veces.

—Pues claro. —El negro seguía con la mirada perdida. No sé qué miraba.

—Creo que estás de suerte, por ahí viene Caridad.

—¿Dónde? —El negro volvió a mirarme.

—Es esa. —Señaló a una señora muy delgada con apariencia de indigente—.

—¿Estás de broma?

—La locura que no perdona.

—¿Cómo la locura?

—El hermano mató a la madre. —Por un momento sentí que se trataba de una confusión, pero el negro ya no se detuvo, hubiera preferido que se callara—. Con una piedra, la mató con una piedra.

La Habana, 15 de julio del 2020

Ray Bolívar Sosa

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