El arte de escribir un libro

El arte de escribir un libro

Ray Bolívar 

Son las 7 de la tarde y estoy de vacaciones. Desde el balcón de mi casa observo el mar. Tengo una taza de té en la mesa de trabajo y varios libros dispersos. No he podido resistir la tentación de leer y releer a algunos viejos maestros, Cassany, En busca del tiempo perdido, un ejemplar de El amante de Lady Chatterley y un par de obras de redacción y ortografía para confortar el alma en los momentos de soledad. La lectura es una amante fiel y digna, nunca nos abandona cuando la necesitamos, siempre está dispuesta a recibirnos sin preguntas incómodas ni duelos. Ama sin temor a equivocarse así que le devuelvo las sonrisas y el cariño siempre que el tiempo me lo permite.

Me sorprendió la afirmación de un librero esta mañana mientras paseaba por una librería de Barcelona y hurgaba en viejos libros. Según él, su compañera de trabajo lee alrededor de ciento veinticinco libros al año. Me pareció una hazaña digna de compartir con mis lectores, lo difícil en este caso no es leer sino subrayar, resumir y comentar tal cantidad de textos, tiene razón el librero cuando llama a su rincón El paraíso de los libros perdidos. Un título digno de una obra de Borges o de la prosa Lezamiana.

Escribir, ahora que lo pienso, es como montarse a un tren que nunca se detiene. A lo largo de la vida uno visita mil y una estaciones, se entremezcla con infinidad de personajes, aprende las maravillas de Oriente o descubre por ejemplo que a la vuelta de esquina mientras caminamos en silencio, puede ocurrir un suceso nimio, cotidiano, y este hecho aparentemente inocuo puede desencadenar una fuerza tremenda que termina por desequilibrar nuestro universo hasta convertirlo en un suceso extraordinario capaz de revolucionar nuestra verdad más fiel y querida.

Pienso en el Mago de Oz y en la transformación gradual que se opera en el león o en el hombre de hojalata, tal vez de todos los personajes este fue el que más me enseñó, leer en nuestros días es un acto de alta cultura, incluso cuando desvirgamos la tarde con un libro de Pablo Coelho o de Corin Tellado, a fin de cuentas la vida es un proceso de aprendizaje constante que termina con la muerte. No se comprende el mal sin la existencia del bien, para que exista la verdad necesitamos la mentira.

Coelho es tan útil como Hermann Hesse o Günter Grass, sirve para despertar el apetito insaciable que existe en cada uno de nosotros por conocer la verdad. Pretender negar una parte de la realidad y su valor intrínseco equivale a negar la verdad per se. Suele además ser motivo de disgusto por más de una razón, la primera de ellas es porque a su paso “los que imponen” suelen destruir cientos de pequeñas verdades que terminan por arrasar con lo único hermoso y verdadero, la libertad.

Cuando un grupo de intelectuales se abroga el derecho de decidir qué debemos leer o enumera las obras que deben ser quemadas es la hora de la cautela. Más de una vez en la historia hemos sido testigos de la quema de libros, cuando esto ocurre la cultura es la gran perdedora. Así que leer sirve para colonizar el alma y liberar el espíritu, para convertirnos en testigos de la vida pero sobre todo para ayudarnos a ejercer nuestros derechos de manera clara y precisa, para desarrollar el intelecto y aprender a pensar.

La literatura se piensa y se vive. No en balde multitud de escritores se aprestan a ganar cada año el concurso de Amazon o se esfuerzan por convertir sus textos en una obra de arte, un esfuerzo de lo más loable si tenemos en cuenta que escribir es un arte que exige una dura disciplina. No basta con desearlo y tener talento para ser escritor, es necesario ser un artífice de la palabra, dominar el paradigma, apropiarse de él para un día cualquiera sin que medien palabras ni recelos dinamitarlo. Así es como evoluciona la literatura y también la historia del ser humano.

Escribir puede cualquiera, ahora escribir bien, tener la capacidad de conmover al lector, de sumergirlo en una historia, provocar ira, miedo, ansiedad; abocarlo a la reflexión o ser el artífice de un cambio profundo y permanente en los lectores, en suma, comunicar; es una habilidad que está al alcance solo de los escritores comprometidos con su arte. 

Durante los últimos meses he tenido la posibilidad de unirme a varios grupos de escritores en Facebook compuestos en ocasiones por varios miles de integrantes en los que se maneja con fruición la idea de que escribir es fácil. La verdad es que tienen razón. Escribir es fácil. Ahora, escribir bien es difícil y ser novelista es harto complicado.

La diferencia entre un escritor profesional y un aprendiz de escritor es notable. No me detendré a valorar cada uno de los aspectos que diferencian a un escritor bisoño de un profesional, baste con reseñar que un escritor profesional está en posesión de un conjunto de habilidades técnicas y de estrategias para producir textos que lo ayudan a crear textos con una alta capacidad de comunicación. En cambio, los trabajos presentados por los aprendices adolecen la mayoría de las veces de voz propia, el uso de las estructuras en los aspectos, textual, gramatical y léxico suele ser insuficiente y carecen de ese aspecto mágico que tanto fascina a los lectores cuando abren un libro, la magia de ver convertida ante sus ojos la ficción en realidad.

Pero, ¿es posible revertir esta situación? Puede un escritor en ciernes adquirir los conocimientos necesarios para convertirse en un escritor profesional? Si esto es así, ¿cuánto tiempo necesita? ¿Qué mecanismos favorecen su aprendizaje? Y por último, ¿qué procesos intervienen en el aprendizaje de un escritor? 

No cabe duda de que el tema es fabuloso y da para emborronar muchas cuartillas. Sin embargo, este artículo se está convirtiendo en un texto demasiado extenso. De todo esto hablaré en el próximo artículo. Hasta entonces seguiré disfrutando de las vacaciones.

PD: Sigo trabajando en el artículo sobre sobre Arturo Perez Reverte. En las próximas semanas lo publicaré.

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