EN EL METRO

Obsesión: (RAE) Del latín obsessio,-onis “asedio”. 1.f- Perturbación anímica producida por una idea fija. 2.f- Idea fija o recurrente que condiciona una determinada actitud.

EN EL METRO

Era el tercer día seguido que coincidían en el mismo vagón del metro. Quizás hubieran compartido el mismo tren con anterioridad, pero Eva no se había percatado de su presencia hasta ese día.

Eva llevaba dos meses cogiendo el metro a la misma hora, subiendo al mismo vagón y sentándose de lunes a viernes en el mismo asiento para ir a las clases que había comenzado en septiembre.

Ese miércoles, Eva se había levantado como siempre, a las 7:00, había desayunado en la misma taza en la que desayunaba todas las mañanas. Se había duchado, vestido, peinado y maquillado siguiendo exactamente los mismos pasas que repetía cada mañana. Tardó, como cada mañana, diez minutos en llegar a la boca del metro.

“Es una suerte”, pensaba, “que la parada de metro sea la segunda”, ya que así el vagón no solía ir lleno, y sin darse cuenta había elegido el asiento en el que sentarse, que normalmente no iba ocupado.

Así que ese miércoles al llegar el conwoy puntual, Eva subió al vagón y se dirigió a “su asiento”. Habían pasado tres paradas cuando una chica se sentó en el asiento de enfrente. Se quitó el abrigo, lo puso encima de las rodillas y su bolso encima de este. Era rubia, llevaba un maquillaje suave: sombra de ojos marrón claro, sin eye-liner, algo de máscara de pestañas, colorete melocotón claro y sin pintalabios. Iba escuchando música, movía la cabeza, los hombros y los pies como si en cualquier momento se fuese a poner a bailar.

También movía los labios siguiendo la letra de la canción. Eva no fue consciente de que la estaba mirando fijamente hasta que sus miradas se cruzaron. Entonces la chica buscó algo en su bolso. Sacó una vaselina, la abrió y se aplicó un poco en los labios. La guardó y de nuevo metió la mano en busca otra cosa. Ese bolso parecía no tener fin. Entonces sacó una crema de manos, tomó un poco y frotó las manos con energía hasta que su piel absorbió toda la crema.

La chica subió de nuevo la mirada. Habían pasado ya dos estaciones y Eva quiso morir de vergüenza cuando la chica le miró de nuevo. Eva no había apartado la mirada de ella desde que se sentó y no lo haría hasta que se bajó en la sexta parada, mientras se ponía el abrigo y el bolso en el hombro.

El jueves Eva repitió su rutina diaria, y apenas podría creerse que en la parada de “San Fermín-Orcasur” ella se volviera a subir en el mismo vagón y se sentara de nuevo en el mismo asiento frente a ella.

Eva la observó con mayor discreción que el día anterior como se quitaba el abrigo y el bolso y los dejaba sobre sus rodillas, observó su cuerpo fibroso, los pechos redondeados perfectamente dibujados en el escote en v de su blusa, como abría la vaselina y con delicadeza se untaba con ella los labios y como los unía y se imaginó como besaría…

Observó la manera en que se frotaba las manos con la crema y hasta percibió su olor y se imaginó como de suave sería su piel. Prestó atención a cómo movía los labios y creyó darse cuenta de que oía música anglosajona. “Money in my pocket” se convenció de que era la frase que leía en sus labios y se vio bailando con ella la canción de Dua Lipa “New Rules” en ropa interior.

Y así llegaron a Legazpi y Eva de nuevo observó como aquella chica abandonaba el vagón mientras se ponía el abrigo.

Mientras que el miércoles Eva solo pensó en aquella chica porque le pareció curiosa, el jueves recordó sus ojos, ni marrones ni verdes, de color castaño miel, sus movimientos escuchando música. Y le hubiera gustado tanto saber si era la misma música que le gustaba a ella….

Le gustó que llevase poco maquillaje, y los vaqueros ajustados que llevaba marcando la silueta perfecta de su culo. La chica era menuda pero con el pecho turgente “ ¿Irá al gimnasio? ¿Hará algún tipo de ejercicio para tener ese culo? ¿Correrá? ¿Hará algo de baile?” Se preguntó a última hora de la tarde.

Llegó el viernes. 07:00 de la mañana. Sonó el despertador. Eva se levantó ansiosa, tenía prisa por coger el metro, “ojalá que la vuelva a ver..” si bien mantuvo todos y cada unos de los pasos que daba cada mañana, mantuvo los tiempos hasta llegar puntual a su parada de metro. No obstante se esmeró en hacerse la coleta, recogiendo su melena lacia y castaña , miró su rostro afilado en el espejo, realzó sus ojos ligeramente achinados con un lápiz negro, estrenó su nuevo labial morado mate aplicándolo con cuidado para no salirse de sus finos labios. En su mente una sola idea… Volver a verla.

Y así, como si de una rutina indispensable se tratase, la chica subió en “San Fermín-Orcasur” y repitió cada movimiento que había hecho al día anterior. Eva no pudo reprimir un sonrisa de alegría cuando la vio. Como en una canción perfecta sus miradas se cruzaron mientras aquella chica metía la mano en el bolso, ninguna apartó la mirada. De repente la chica se encogió de hombros y negó con la cabeza mientras buscaba en su bolso, no era el que había llevado los días anteriores. Eva comenzó a sudar, notó cómo se sonrojaba “¿Por qué habrá hecho ese gesto?, seguro que le molesta que la mire… la he incomodado…” Tras tardar un poco más de lo habitual y mirar dentro de su bolso, la chica sacó la crema de manos y no la vaselina, mientras negaba de nuevo con la cabeza. Eva sintió cierto alivio, su mente ordenó lo ocurrido “¿Será tan obsesiva como yo? No lleva la vaselina…sus labios…” Se quedó observando fijamente su boca, sus labios eran normales, ni finos ni gruesos, pero el pico del labio superior estaba perfectamente perfilado. Y tras guardar la crema de manos de nuevo en el bolso la chica miró fijamente a Eva y Eva creyó leer en sus labios “… you anda me baby making love like gorillas…” de Bruno Mars. Entonces, Eva, avergonzada y temblándole las piernas, apartó la mirada.

Legazpi fue el final de su día, nada podía ir a mejor ya.

Que viernes más tedioso. El resto del trayecto en el metro fue horrible. Según pasaban las estaciones más personas entraban, le pisaron dos veces, cuando se hizo hueco entre los pasajeros para salir le despeinaron. Solo le consoló que al rozar el abrigo de un pasajero pesado que no se apartaba con su boca, el labial no se estropeó. No había gastado el dinero en vano.

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