Mi vida sin él

Me llamo Ana y tengo cuarenta y tres años. Acabo de despertarme de un sueño reparador. Mientras espero que me sirvan el desayuno, observo las paredes de la pequeña habitación, que, desde que la habito, amanece vestida de jarrones con discretas pero abundantes flores. De osos de peluche, enormes y pequeños que inspiran vida a la impecable y reducida estancia blanca. Sé que, en un rato, se romperá el silencio y llegará tal vez la alegría, tal vez alguna triste y mal disimulada cara y siempre el ruido necesario de las conversaciones que mantendré con mis padres, con mis hermanas y mis sobrinos, con mi amiga, con mi amigo y con algún compañero de trabajo espontáneo y puntual. Todos llenarán con su calor mi vacío. También mi exmarido que, de nuevo, me demuestra que es el mejor caballero posible para este escenario.

Hace tres días me operaron de urgencia. Aunque sigo con muchísimas molestias, desde ayer tengo unas ganas enormes de escribir. Echo de menos mi portátil. De momento, Elena, mi enfermera favorita, me ha prestado un bloc de notas, no muy grande, y un bolígrafo azul con el que anoche vomité la urgencia, el esbozo, la pequeña traza de la historia que les quiero relatar. Cuando mi exmarido venga a verme esta mañana, me traerá mi notebook para seguir con la tarea. Mi médico no sabe nada, pero estoy segura de que no opondrá resistencia. Es importante mi recuperación física y mental. Y ambas, parece ser, serán lentas.

Me han quitado mi pecho derecho. Me intento motivar restándole importancia y me digo a mi misma que sólo me han cortado un pecho, pero siento una punzada en el alma que es difícil de explicar.

Hace tres días, mientras la anestesia engañaba a mi cuerpo invitándolo a un sueño artificial, volví a verlo. Y sentí cada beso y caricia de la misma manera como pasó hace veinticinco años, despertándome con la misma sensación de angustia y tan desubicada como en aquel momento. Así se ha encargado mi mente juguetona y perversa de recordármelo.

Yo tenía dieciocho años y estaba repitiendo tercero de BUP. Los chicos, para los que había pasado prácticamente desapercibida, por lo menos para los que me interesaban, empezaban a distraerme y a distraerse conmigo. Descubría yo mi potencial de mujer. Cambié mis infantiles gafas por unas lentillas y recorté mi ondulado pelo, alisándolo cada día. Con estos pequeños detalles me convertí en una conquistadora, o para ser más fiel a la realidad, en una consentida conquistada, dejando de lado mis estudios. Estábamos a mitad de semestre y junto a mis compañeros y a mi profesor de Literatura, ensayábamos la obra que íbamos a representar para final de curso, Lisístrata. Yo era Lisístrata, a pesar de ser una pésima actriz. Sólo en los ensayos se me aceleraba tanto el corazón que en mi pecho, en la parte cercana a mi cuello, se formaban unas ronchas rojas y enormes que sólo desaparecían cuando mi vergonzoso músculo recuperaba su ritmo normal de pulsaciones. Una tarde, mientras esperábamos al profesor para el ensayo, nos comunicaron que no podría venir por un tiempo indefinido. En su lugar nos ayudaría el profesor de Filosofía del que yo, que nunca fui muy original para estas cosas, estaba secretamente enamorada. Me encantaba el entusiasmo con el que nos hablaba de Sócrates o Platón y hubiera dado cualquier cosa para meterme en una caverna oscura y aislada con él sin importarme lo más mínimo si podría volver a ver la luz del día. Ya dicen bien que el amor es ciego ¿verdad? Pues yo estaba dispuesta a ser una ignorante toda mi vida y no salir de la caverna sino era de su mano.

Arturo era alto y delgado en exceso, con unos ojos grises que sus gafas hacían tres veces más pequeños de lo que eran sin ellas. Se diría que no era guapo, pero abría la boca y creías de la primera a la última palabra que te decía, aunque no entendieses nada de lo que te contaba. Sonreía a veces, pero tenía un aspecto triste provocado por la separación de su mujer, otra profesora que lo había abandonado por el directivo de una gran empresa.

Mi problema de aceleración del corazón fue a más desde que llegó Arturo y las marcas rojas que me provocaban los nervios eran tan evidentes que a él no le pasaron desapercibidas.

Una mañana, antes de entrar en la primera clase, me paró en el pasillo y me dijo que quería hablar conmigo en la hora de tutoría, dejándome helada. Yo estaba tan nerviosa cuando nos vimos por la tarde que ni siquiera era capaz de tartamudear. Arturo me dijo pausadamente, Ana, tienes que aprender a relajarte, te puedo enseñar unas técnicas que a mí me han funcionado. Debes superar el pavor a hablar en público y me gustaría acabar de perfilar algunos gestos que adoptas cuando representas a Lisístrata y que son bastante mejorables.

Me citó en su casa al día siguiente, viernes. Yo estaba en una nube.

Su casa era grande y antigua, de techos altos, inalcanzables y blancos, impolutos como las paredes del hospital que ahora me hace de hogar. La entrada era fría. Daba la sensación de estar en una cueva que, aunque iluminada, impresionaba a cualquier adolescente indefensa como yo. Al entrar en la sala que hacía de comedor y cuarto de estar todo cambió. El ambiente se volvió cálido, no sólo por el humo del tabaco que lo habitaba, sino por la combinación de estilos y colores. Libros y revistas por los suelos. Infinidad de discos que paraban por cualquier parte. Los periódicos adornaban el sofá, las mesitas. Grandes ceniceros llenos de cigarrillos y un inmenso tocadiscos antiguo llamaban la atención sobre cualquier otra cosa. Me gustó su desorden. Se notaba también, por algún pequeño detalle, como alguna fotografía bañada en un ligero polvo, que en esa casa el alma de una mujer había rondado no hacía mucho.

Preparó café, me invitó a fumar y no paramos en toda la tarde. No hablamos de Lisístrata, no hablamos de nervios, ni de miedos. Escuchamos a Silvio, a Aute, a Dylan, a Cohen, algo de Jazz que desvirgó mi joven oído musical. Fumamos algo más que cigarrillos y tomamos mucho café. Nos miramos sin mirarnos en los silencios que no fueron incómodos, sino necesarios para dar tregua a nuestros pensamientos. Arreglamos el mundo con nuestras conjeturas, él con más acierto que yo. Olvidé que era una adolescente con algún problema de autoestima para soñarme una mujer segura y deseada. Cuando se hizo de noche, lejos de invitarme a marcharme a casa se ofreció a preparar algo de cena, sin ninguna pretensión, me insinuó, más que la de continuar compartiendo reflexiones. Y yo me limité a observarlo embobada mientras daba la vuelta con destreza a la tortilla que preparaba para mí. Mis padres estaban avisados. Yo no tenía prisa. Arturo tampoco.

Al terminar de cenar, mientras servía el café, acercó su silla a la mía. Estábamos tan pegados que su aliento calentaba la punta de mi nariz. Lejos de ponerme nerviosa me emocioné. Arturo me cogió la mano con un roce electrizante. Me miraba fijamente a los ojos. Nos besamos dulcemente durante un largo tiempo mientras él acariciaba mis mejillas y mi cuello. El calor de su proximidad me resultaba agradable y me sentía tan bien que pensaba que había llegado el momento. Me guió hasta su habitación. Una cama grande y ordenada nos esperaba. Empezó a desnudarme pausadamente sin dejar de admirarme. Yo me dejaba hacer, inexperta y pequeña como me sentía. Complaciente. Me sentó en el borde de la cama observando expresivo mi joven cuerpo desnudo. Yo quise desabrocharle el pantalón para tocarle y excitarle, pero me apartó respetuoso. Era su diosa griega, la protagonista de la historia. Me dijo, no me desnudes todavía, sólo quiero contemplar, sentir tus pechos. Se arrodilló ante mí. Su cabeza quedaba a la altura de éstos, que colgaban grandes, tersos y firmes, ansiando el roce de sus dedos. Mis abultados pezones crecían dibujando nuevas formas. La tensión se acumulaba tanto en ellos que, a punto de explotar extasiados, deseaban ser lamidos por la pequeña boca que ahora los custodiaba. Cerré mis ojos para sólo sentir. Su lengua los recorría incesante buscando mi placer, apretaban sus manos con amor la forma perfecta que los envolvía. Apoyó su mejilla derecha en ellos, y rodeó mi espalda con sus brazos. Abrí los ojos y acaricié su pelo tiernamente. Confirmé que la humedad que poblaba la carne de mis pechos no era por su saliva sino por sus lágrimas que, saladas y huidizas, se deslizaban ya por mis caderas.

Pasaron minutos, no recuerdo si pocos o muchos. Levantó su cabeza para besarme de nuevo en los labios. Se incorporó y empezó a desvestirse sin prisa. Yo me estiré completamente en la cama y lo miraba entre dulce y perpleja. Cuando se desnudó recostó su cuerpo junto al mío. Se durmió como un niño abrazado a mi pecho.

Al despertar, ya una brizna de luz se colaba desafiante por la persiana. Arturo estaba sentado en una silla frente a mí, embelesado, envuelto en la neblina de su cigarro. Me dijo, buenos días princesa, con su sonrisa triste, y me tendió el cigarrillo. Yo negué con la cabeza y miré alrededor para encontrar mi vestido. El olor del café recién hecho se colaba sin disimulo. Él se levantó para acercarme la ropa. Me dio un tímido beso en mis húmedos labios y me susurró que me esperaba para tomar el café. Empecé a darme cuenta mientras tapaba mi cuerpo con las telas que, la mayoría de las veces, no se consigue lo que uno quiere.

Desayunamos en silencio y en silencio me acompañó hasta mi casa en su viejo Renault de tres puertas.

Tanto la obra de teatro como mis notas finales provocaron en mi piel rojeces del tamaño de un océano, pero las superé, aunque con aprobado justo. El curso siguiente Arturo ya no formó parte de los profesores del instituto y yo fui incapaz de aprobar COU.

No sé si con o sin sentido, pero mi breve historia con mi profesor de Filosofía condicionó para siempre la interpretación de mi cuerpo y mis relaciones posteriores con los hombres y con la vida.

Por mi mundo inestable se colaron varios de ellos, cada uno con una intensidad diferente, que me amaron e idolatraron y a los creí amar e idolatrar. Navegué confundida hasta que encontré anclado en la tierra al que es hoy mi exmarido. Gracias a él estudié una carrera que terminé a los treinta y nueve años, permitiéndome, un año después, encontrar un trabajo que me dio toda la seguridad e independencia que yo creía necesitar para ser feliz. Y tras ocho años juntos lo abandoné para seguir mi camino, tal como él pronosticó cuando aprobé mi oposición.

Mi exmarido es el Arturo que acabó de completar a la mujer que quedó estancada en aquella espaciosa habitación una soleada mañana de hace veinticinco años y que se encuentra a mi lado mientras escribo esto.

Sin embargo, e injustamente, no pienso en él. Pienso en el hombre que un día sólo amó a mis dos pechos y en la vida que hice con y sin él. Noto un dolor que me llega hasta las entrañas, que es tan físico como etéreo y que me atrapa. No sé si éste es el precio que tengo que pagar a un irascible dios, en el que ni siquiera creo, por ser mujer, por reivindicar serlo y por desear ser libre. Pero sí tengo claro que, me llamo Ana, tengo cuarenta y tres años y unas ganas enormes de devorar este mundo del que he aprendido, a pesar de resistirme a ello, que muchas veces, uno no siempre puede tener lo que quiere.

Recomendada1recomendaciónPublicado en Historias para ser contadas

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Comentario

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  1. Hola, Noelia. Esta historia es buena. Se puede reescribir para hacerla más potente. Escríbeme por la comunidad para poner en marcha esta corrección.

    Seguimos.
    Ray

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